Vivió hace muchos años un hombre que era muy rico. Tenía todo lo que alguien pudiese querer, pero no era feliz. Este hombre deseaba algo de gran valor, algo que nadie más tuviese en todo el mundo.
Cierto día el hombre escuchó hablar acerca de un gran maestro que venía a su pueblo. Se rumoraba que este gran maestro tenía el secreto para curar a los ciegos y llevar a cabo otros milagros.
"Ah," dijo el hombre, "si tan solo yo supiera la palabra mágica para curar a los ciegos, estaría contento."
Así que el día siguiente el hombre rico fue a ver al gran maestro. El hombre contempló al maestro mientras curaba la ceguera y hacía otros milagros. Después de un rato, fue a hablar con el gran maestro.
"Oh, gran maestro," le dijo, "toda mi vida he estado buscando algo de gran valor, algo que esté por encima de todas las posesiones terrenales. Ahora lo he encontrado." El maestro miró fijamente al hombre y le preguntó: "¿Y qué es lo que has encontrado?"
"Deseo saber la palabra mágica para curar a los ciegos. Estoy dispuesto a dar todo lo que poseo por esa palabra. Unicamente dime qué es lo que deseas a cambio de la misma, y te lo daré."
El gran maestro pensó por un momento, y dijo entonces: "Te diré la palabra mágica, pero no deseo ninguna de tus riquezas. Lo único que te pido es que uses la palabra para ayudar a otros. Si no haces esto, vas a perder la palabra, y un gran mal caerá sobre ti."
"Sí, sí," dijo el hombre, "por supuesto..."
Así que el gran maestro murmuró la palabra mágica al oido del hombre rico, y el hombre se sintió feliz. Corrió de retorno a su casa, emocionado por la palabra que acababa de aprender. Pero cuando llegó a su casa, el diablo le estaba esperando.
El diablo le dijo: "¿Sabes cuál es la palabra mágica para curar a los ciegos?"
"Así es," contestó el hombre rico.
"Te apuesto que esa palabra es tu más grande posesión en toda la tierra."
"Sí," dijo el hombre, "es de un valor incalculable para mí."
"No, no es cierto," se rió el diablo. "Es una palabra sin valor alguno."
"¿Por qué?" le preguntó el hombre.
"Porque tienes que decirles a otros la palabra, y entonces la palabra no te servirá más, no tendrá ya ningún valor."
El hombre pensó por un minuto y dijo: "Tienes razón. La palabra que tengo no valdrá nada. Tengo que guardarla solo para mi. De esa manera la palabra no va a perder su valor."
"Sí," le dijo el diablo. "Guarda la palabra."
El diablo rió a carcajadas y se fue.
Muy pronto se esparció por todo el pueblo la noticia que el hombre rico sabía la palabra mágica para curar a los ciegos. Los ciegos vinieron de todas partes para ser curados.
Pero el hombre los enviaba de vuelta, diciendo: "Se cual es la palabra mágica para curar a los ciegos. Pero esa palabra es mi posesión más valiosa en todo el mundo, y no se la puedo decir a nadie."
Varios meses más tarde, el hombre rico amaneció un día enfermo, muy enfermo. Llamaron a muchos médicos, pero ninguno parecía ser capaz de ayudarle, porque no sabían cual era su enfermedad. Pero uno de sus sirvientes le informó que había oido hablar de un hombre que vivía en un pueblo algo retirado que sabía cómo curar a los enfermos, así que el hombre rico envió a sus sirvientes para que lo encontraran.
Días más tarde sus sirvientes regresaron trayendo una carta de este hombre que sabía cual era la palabra mágica para curar a los enfermos.
El hombre rico abrió la carta y la leyó. La carta decía:
Apreciado Señor:
Me da mucha pena el enterarme de su enfermedad, pero lamento no poder ayudarle. Como usted comprenderá, mi palabra mágica es mi posesión más estimable. Y por esa razón, no se la puedo decir a nadie. Estoy seguro que usted comprende, pues he oido decir que usted conoce la palabra secreta para curar a los ciegos. Que se mejore.
[Firmado] El hombre que sabe la palabra.
sábado, 16 de mayo de 2009
La historia de Silvestre Tristán
Hace algún tiempo (¿o fue quizá hoy?) vivió un hombre llamado Silvestre Tristán, quien pensaba que estaba bien, pero en realidad no lo estaba. Su auto decepción era excedida únicamente por su actitud tibia hacia las cosas de verdadero valor. Aunque se consideraba rico, vivía (si se le puede llamar vivir) en un distrito pobre de arrabal de la ciudad. Su vecindario era tan pobre que el basurero municipal podría ser Beverly Hills. Su domicilio (uno duda en llamarlo un hogar) era completamente dilapidado. La única razón por la que no se derrumbaba era porque el comején lo sostenía con sus manos.
El alimento era un problema; Silvestre siempre estaba hambriento. Estaba tan hambriento que cuando el gobierno le envió sellos para comprar alimentos, rasgó frenéticamente el sobre y se los comió.
Es difícil describir su infeliz condición física. Seremos misericordiosamente breves. Sus aflicciones incluían mitosis, esclerosis, cirrosis del duodeno, y mal aliento. Además era lisió con una parálisis casi total. Desafortunadamente, esto incluía su cerebro, cerebelo y medula. Silvestre era virtualmente ciego. Era tan miope que la única cosa podía enfocar realmente era el lado posterior de su párpado —y eso con su ojo bueno.
En suma, Silvestre solo podría haber mantenido las instalaciones y personal entero de la Clínica Mayo ocupada con su caso miserable. La cosa extraña era, sin embargo, que Silvestre no comenzaba a comprender cuan mala era su condición. Quizás esto era porque sus vecinos y sus amigos estaban en una condición similar.
Un día conforme Silvestre yacía desnudo en un rincón de su residencia, felizmente contemplando su exaltado estilo de vida, alguien tocó a la puerta. Desafortunadamente, la puerta no pudo soportar la tensión y cayó de sus quicios oxidados. Un hombre muy rico miraba a Silvestre.
“¿Qué quiere?” refunfuñó Silvestre animadamente.
“¿Puedo entrar?” preguntó el hombre rico agradablemente.
“Puede hablar desde allí. ¿Qué tiene en mente?” Silvestre no confiaba en extraños.
El hombre rico le explicó que buscaba un socio en una expedición para encontrar La Mina Perdida del Edén, llena de billones de dólares en oro.
“¿Qué es oro? ¿Qué son dólares?” preguntó Silvestre. (Recuerden que tiene paralizado el cerebro.)
El hombre rico pacientemente describió los muchos usos práctico del oro desde el punto de vista de lo que puede comprar. Conforme hablaba de mansiones, oportunidades de viaje interestelar y festines al lado de un río de vida, Silvestre comenzó a mostrar un poco de interés.
“¿Como puedo encontrar esa mina?” preguntó.
El hombre rico sacó un mapa muy grande. “Simplemente sigue las direcciones en este mapa viejo. Te conducirá directo a la mina”.
“¿Qué mapa?” Silvestre preguntó conforme escudriñaba miopiamente en la dirección del forastero y reptó hacia la puerta.
“Toma, trata esto”, dijo el hombre rico conforme le ponía un par de lentes nuevos sobre la nariz.
“¡Así está mejor!” murmuró Silvestre. Comenzó a estudiar el mapa. "Pero… ¡Caramba! Llegar a esa mina va a ser duro. Mira esto… salvajes, serpientes venenosas, montañas escabrosas, un sol abrasador…”
“No te preocupes”, dijo el hombre rico. “Te daré todos los abastecimientos que necesites y un tren completo para llevarlos. Habrá remedio para las picadas de serpiente, abundancia de alimento y agua, vestidos blancos para escudarte del calor, colirio para mejorar tu visión, e incluso un guardaespaldas para protegerte de los salvajes”.
“Eso no estaría mal”, dijo Silvestre. “Pero olvidó una cosa: estoy tan débil que apenas puedo moverme. Ya estoy cansado de sostener estos lentes que me dio”.
“No hay problema”, dijo el hombre rico. “Enviaré médicos, técnicos y dietistas. Te proveerán medicinas, cirugía, y jugo de zanahoria fresco cada mañana para el desayuno. Pronto estarás como nuevo”.
“¡Caramba!” comentó Silvestre con un rastro de entusiasmo. “Este es el tipo de asociación a la que me gustaría pertenecer! ¿Hay alguna cosa que tengo que hacer?”
“Por supuesto”, le dijo el hombre rico. “Tres cosas. Primero, si decides invitarme, firmaremos un contrato de asociación. Después, debes consultar el mapa frecuentemente durante tu viaje y seguirlo fielmente. Finalmente, debes de mantenerte en contacto diario conmigo con este radio portátil que te daré. De esa manera puedes contarme cualquier problema que te ocurra y puedo darte las instrucciones que necesites. Si pierdes la senda, puedo decirte como encontrarla de nuevo”.
“¡Fantástico!” dijo Silvestre. “No veo como puedo perder. Pero espera un minuto”. Repentinamente algo no le pareció bien. “Cuando encuentre el tesoro, como lo vamos a dividir?”
“No vamos a dividirlo”, le contestó el hombre rico. “Es todo tuyo. Tengo todas las riquezas que necesito”.
“¡Esto es demasiado bueno para ser cierto!” dijo Silvestre. “¡Verdaderamente increíble!”
“Me agrada que te haya gustado mi idea”, dijo el hombre rico. “¿Me vas a pedir que sea tu socio?”
La nueva sonrisa de Silvestre se tornó agria y fue reemplazada con una mirada de vacilación. Sus ojos volvieron al piso. “No, no creo que quiero firmar ahora mismo”, murmuró. Después de una corta pausa, miró al hombre rico y le hizo una última pregunta: “¿Me puede dar unos días para pensarlo?”
El alimento era un problema; Silvestre siempre estaba hambriento. Estaba tan hambriento que cuando el gobierno le envió sellos para comprar alimentos, rasgó frenéticamente el sobre y se los comió.
Es difícil describir su infeliz condición física. Seremos misericordiosamente breves. Sus aflicciones incluían mitosis, esclerosis, cirrosis del duodeno, y mal aliento. Además era lisió con una parálisis casi total. Desafortunadamente, esto incluía su cerebro, cerebelo y medula. Silvestre era virtualmente ciego. Era tan miope que la única cosa podía enfocar realmente era el lado posterior de su párpado —y eso con su ojo bueno.
En suma, Silvestre solo podría haber mantenido las instalaciones y personal entero de la Clínica Mayo ocupada con su caso miserable. La cosa extraña era, sin embargo, que Silvestre no comenzaba a comprender cuan mala era su condición. Quizás esto era porque sus vecinos y sus amigos estaban en una condición similar.
Un día conforme Silvestre yacía desnudo en un rincón de su residencia, felizmente contemplando su exaltado estilo de vida, alguien tocó a la puerta. Desafortunadamente, la puerta no pudo soportar la tensión y cayó de sus quicios oxidados. Un hombre muy rico miraba a Silvestre.
“¿Qué quiere?” refunfuñó Silvestre animadamente.
“¿Puedo entrar?” preguntó el hombre rico agradablemente.
“Puede hablar desde allí. ¿Qué tiene en mente?” Silvestre no confiaba en extraños.
El hombre rico le explicó que buscaba un socio en una expedición para encontrar La Mina Perdida del Edén, llena de billones de dólares en oro.
“¿Qué es oro? ¿Qué son dólares?” preguntó Silvestre. (Recuerden que tiene paralizado el cerebro.)
El hombre rico pacientemente describió los muchos usos práctico del oro desde el punto de vista de lo que puede comprar. Conforme hablaba de mansiones, oportunidades de viaje interestelar y festines al lado de un río de vida, Silvestre comenzó a mostrar un poco de interés.
“¿Como puedo encontrar esa mina?” preguntó.
El hombre rico sacó un mapa muy grande. “Simplemente sigue las direcciones en este mapa viejo. Te conducirá directo a la mina”.
“¿Qué mapa?” Silvestre preguntó conforme escudriñaba miopiamente en la dirección del forastero y reptó hacia la puerta.
“Toma, trata esto”, dijo el hombre rico conforme le ponía un par de lentes nuevos sobre la nariz.
“¡Así está mejor!” murmuró Silvestre. Comenzó a estudiar el mapa. "Pero… ¡Caramba! Llegar a esa mina va a ser duro. Mira esto… salvajes, serpientes venenosas, montañas escabrosas, un sol abrasador…”
“No te preocupes”, dijo el hombre rico. “Te daré todos los abastecimientos que necesites y un tren completo para llevarlos. Habrá remedio para las picadas de serpiente, abundancia de alimento y agua, vestidos blancos para escudarte del calor, colirio para mejorar tu visión, e incluso un guardaespaldas para protegerte de los salvajes”.
“Eso no estaría mal”, dijo Silvestre. “Pero olvidó una cosa: estoy tan débil que apenas puedo moverme. Ya estoy cansado de sostener estos lentes que me dio”.
“No hay problema”, dijo el hombre rico. “Enviaré médicos, técnicos y dietistas. Te proveerán medicinas, cirugía, y jugo de zanahoria fresco cada mañana para el desayuno. Pronto estarás como nuevo”.
“¡Caramba!” comentó Silvestre con un rastro de entusiasmo. “Este es el tipo de asociación a la que me gustaría pertenecer! ¿Hay alguna cosa que tengo que hacer?”
“Por supuesto”, le dijo el hombre rico. “Tres cosas. Primero, si decides invitarme, firmaremos un contrato de asociación. Después, debes consultar el mapa frecuentemente durante tu viaje y seguirlo fielmente. Finalmente, debes de mantenerte en contacto diario conmigo con este radio portátil que te daré. De esa manera puedes contarme cualquier problema que te ocurra y puedo darte las instrucciones que necesites. Si pierdes la senda, puedo decirte como encontrarla de nuevo”.
“¡Fantástico!” dijo Silvestre. “No veo como puedo perder. Pero espera un minuto”. Repentinamente algo no le pareció bien. “Cuando encuentre el tesoro, como lo vamos a dividir?”
“No vamos a dividirlo”, le contestó el hombre rico. “Es todo tuyo. Tengo todas las riquezas que necesito”.
“¡Esto es demasiado bueno para ser cierto!” dijo Silvestre. “¡Verdaderamente increíble!”
“Me agrada que te haya gustado mi idea”, dijo el hombre rico. “¿Me vas a pedir que sea tu socio?”
La nueva sonrisa de Silvestre se tornó agria y fue reemplazada con una mirada de vacilación. Sus ojos volvieron al piso. “No, no creo que quiero firmar ahora mismo”, murmuró. Después de una corta pausa, miró al hombre rico y le hizo una última pregunta: “¿Me puede dar unos días para pensarlo?”
De aquel tiempo, de aquellos días

Un día, poco después de habernos casado, Denise y yo estábamos en el mall en Altamonte Springs, Florida, y vimos un lugar que tomaba fotos estilo antiguo. Así que entramos y nos tomamos esta foto. Por alguna razó ha estado en un marco en un rincón de la casa. La saqué del marco y decidí colocarla para su gusto y el desagravio de mi mujer.
Esto me recordó la canción, When I'm Sixty Four, de McCartney. Por allá cuando era un chamacón alebrestao y coquetón, salió en la revista LIFE en español --ha de haber sido como en 1968-- un artículo acerca de las canciones de los birotes y entre ellas esa canción. A alguien se le ocurrió hacer un dibujo de cómo se verían los birotes cuando tuviesen 64 años. ¡Para nada! Empezando conque Juanito ni llegó a los 50 y Jorgito falleció cuando tenía 58.
Camila de meses
Perdiendo el tiempo
Foto de Camila

La verdad no estoy seguro cual es la historia con esta foto. Lo más probable es que sea la foto que va a aparecer con motivo de su grauación de octavo grado. El caso es que Camila vino muy orgullosa con esta foto. Le gusta mucho como salió. ¡Hata que al fin se atrevió a sonreir sin que le diese pena sus frenos! La próxima foto de ella probablemente sea ya sin frenos. Supuestamente se los quitan el mes próximo.
domingo, 1 de febrero de 2009
Visita de Remus y Julian

Nuestra amiga Luciana trajo ayer por la tarde a Remus y Julian, a quienes ahora llaman Scotty y Coco, para que pasasen un rato con sus padres y su hermano. Los tres cachorritos se portaron como si toda la vida hubiesen estado juntos. Hasta Coco, el padre, se mostró de buen ánimo. Generalmente es un viejo gruñón que no se lleva con los otros perros.

Tanto Remus como Juju vinieron a ver qué estaba yo haciendo en la oficina con la computadora y aproveché para tomarles una foto. Remus, como ven en la primera foto, no estaba muy interesado en fotos. A Juju le llamó la atención el ruido que hacía la cámara de la computadora con el conteo retrogresivo.
Remus [aka Scotty] es un poco más pequeño en tamaño que Steppy y tiene el mismo color de Steppy pero los mismos ojos de Maxie, a quien llamamos Maguers, Maguie, Margarita y Margot. Julian [aka Coco] tiene el mismo cuerpo que Coco pero con los colores de Maxie.
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