martes, 26 de mayo de 2009

lunes, 25 de mayo de 2009

El caso de doña Catina

Una tarde, después de un largo viaje entre las montañas, Jesús y Pedro pararon ante la casa de cierta mujer y le pidieron hospedaje por esa noche. La mujer los miró de pie a cabeza y les contestó:

—Mi casa no es albergue de vagabundos.

—Por el amor de Dios, señora… —repuso Pedro.

Pero la mujer les cerró la puerta en sus narices.

Tan quisquilloso como siempre, Pedro miró al Señor para ver como iba a reaccionar. El estaba seguro de qué era lo que había que hacer con esa mujer. Pero el Señor lo ignoró y siguió caminando a una casa más humilde que estaba toda negra de tizne. Dentro de la casa una mujercita estaba hilando junto al fuego.

—Señora, ¿podría ser tan amable de darnos posada por esta noche? Hemos venido viajando por largo rato y no tenemos fuerza para seguir adelante.

—¡Por supuesto! ¡Qué se haga la voluntad de Dios! No se detengan, buenos hombres. Además, ¿a dónde más podrían ir, pues ya se hizo completamente noche? Haré lo poco que pueda para que estén cómodos. Mientras tanto, vengan y caliéntense un poco junto al fuego. Apuesto que también tienen hambre…

—No está usted muy lejos de la verdad —le respondió Pedro.

Así que la mujercita, que se llamaba doña Catina, echó unos cuantos leños al fuego y empezó a hacer la cena —sopa y los frijoles más tiernos, para el gusto de Pedro, y un poquito de miel que mantenía colgando de las vigas de la casa. Después los llevó a dormir en la paja.

—Una buena mujer —dijo Pedro, estirándose de contento.

Muy temprano por la mañana, después de haberse despedido de doña Catina, el Señor le dijo:

—Señora, cualquier cosa que empiece a hacer esta mañana, la seguirá haciendo el resto del día —y diciendo esto se marcharon.

La mujercita se sentó una vez más a hilar, e hiló e hiló e hiló todo aquel día. La lanzadora fue y vino en el urdimbre y la casa se llenó de ropa, ropa, ropa; salía por la puerta y por las ventanas, apilándose hasta el techo de la casa. Al caer la tarde la vecina Giacoma fue a visitar a doña Catina. La vecina Giacoma era la mujer que les había cerrado la puerta en las narices a Jesús y a Pedro. Vio toda la ropa y no dejó a doña Catina respirar por un minuto hasta que la mujercita le hubo contado toda la historia. Al enterarse que los dos extranjeros que ella no había querido recibir eran los responsables de la prosperidad de su vecina, sentía ganas de darse puntapiés.

—¿Sabes si esos dos extranjeros van a regresar? —le preguntó a doña Catina.

—Creo que sí. Dijeron que únicamente iban a ir al valle abajo.

—Bueno, si regresan, mándalos a mi casa, por favor, para que me puedan hacer un favor también…

—Con mucho gusto, vecina.

Así que cuando llegó la noche y los dos viajeros llegaron a su casa, doña Catina les dijo:

—Para decirles la verdad, mi casa está demasiado llena para recibirlos esta noche. Pero vayan a casa de Giacoma, mi vecina, es esa casa allá abajo, y ella se va a desvivir por atenderlos.

Pedro, que nunca olvidaba cosa alguna, hizo una mueca fea y estaba a punto de decir lo que pensaba de la vecina Giacoma. El Señor, sin embargo, le señaló que se callara y fueron a la otra casa. Esta vez la mujer hizo un gran escándalo por su visita.

—¡Buenas noches! ¡Buenas noches! ¿Tuvieron los señores un buen viaje? Pero pasen, por favor, pasen… Somos gente pobre, pero somos todo corazón. ¿Por qué no se acercan al fuego y se calientan un poco? Les voy a hacer cena ahora mismo…

Así que, en medio de todo este alboroto, el Señor y Pedro cenaron y durmieron en casa de Giacoma, la vecina, y se preparaban para despedirse a la mañana siguiente mientras la mujer seguía haciendo todo tipo de honores y de gestos de atención.

—Señora —le dijo el Señor—, cualquier cosa que empiece a hacer esta mañana, la seguirá haciendo el resto del día —y diciendo esto, se marcharon.

—¡Ahora les voy a mostrar lo que yo puedo hacer —se dijo con regocijo la vecina mientras se enrollaba las mangas—. Voy a hilar el doble de ropa de lo que hiló doña Catina…

Pero antes de sentarse en la rueca, para no tener que interrumpir sus labores más tarde, decidió ir corriendo a la letrina para vaciar su vejiga. Llegó a la letrina y empezó —y le parecía que lo estaba haciendo muy de prisa— pero no podía terminar.

—¡Oh, misericordia! ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué no puedo terminar? ¿Comería algo que me hizo daño? ¡Santos cielos! Pero… no puede ser que…

Media hora más tarde trató de levantarse e ir a la rueca. Por supuesto, tuvo que volver corriendo a la letrina de nuevo. Y allí se pasó todo el día. El resultado fue algo muy distinto a la ropa. Es un milagro que el río no se desbordó.

If my life had been easier . . .

domingo, 24 de mayo de 2009

Una luz en Glei

El hospital en Glei, en Togo, una pequeña nación en el África occidental, parece ser el castillo de cenicienta, entre las casuchas que le rodean. El hospital fue construido con recursos proveídos por ADRA Suecia pero tuvo que ser cerrado por falta de pacientes y fondos.

Entran ahora en escena los doctores Edgard y Cristina de Oliveira, quienes fueron a Togo desde Brasil para aprender Francés en su camino a Rwanda. Mientras estaban en Rwanda dio la casualidad que se encontraron con el director de ADRA. Ese encuentro transformó sus vidas. Después de algunas peripecias burocráticas, los de Oliveiras fueron asignados a trabajar en Glei. Ahora el hospital seria una unidad oftalmológica especializada en la cirugía de cataratas.

Poco después de su llegada los de Oliveira recibieron un ultimátum de uno de los jefes. “El otro hospital prometió muchas cosas y nunca hicieron nada”, les dijo. “Ahora ustedes vienen y prometen hacer milagros. Porque lograr que alguien vea tiene que ser un milagro”. Esto sucedió el día anterior a su primer cirugía. “Si esa mujer no ve después de la operación”, les dijo el jefe, “hagan sus maletas y váyanse. No los vamos a querer más en Glei”.

Después de más de 1000 cirugías todos los jefes están contentos de tener el hospital. “Con cada cirugía que hacemos se liberan dos personas”, dice Edgard, “la persona ciega y la persona que tiene que cuidarla”.

El hospital tiene capacidad para 20 pacientes pero un pariente tiene que cuidarlos mientras están hospitalizados. Cuando visité el hospital una cocina estaba siendo construida y al lado de los cuartos de los pacientes había una serie de “volcancitos apagados” —lo que quedaba después de que cada familia cocinaba al aire libre.

Los doctores encontraron a una de sus mejores enfermeras vendiendo arroz al lado de la carretera. El farmacéutico, quien ha transformado la farmacia en un éxito financiero, lavaba los autos de los misioneros. “No tienen un diploma”, dice Edgard, “pero podrían trabajar en cualquier hospital del mundo”.

Una señora de 70 años que había quedado ciega hacia más de cuatro años fue operada por Edgard. Al terminar la cirugía —40 a 50 minutos— podía ver los dedos del doctor frente a su rostro. Fue sacada de la sala de operaciones en una camilla.

“Pueden caminar, pero quieren recibir todo el tratamiento digno de una operación”, dice Edgard con una sonrisa.

Su labor es tan efectiva que la gente viene de todos los países alrededor de Togo para ser atendidos. En Lomé, la capital de Togo, hay cinco oftalmólogos, pero la gente viaja 120 kilómetros para ser atendidos en Glei por Edgard o Cristina. “Ha habido ocasiones en las que hemos operado a diez personas. Cristina opera a cinco y yo opero a las otras cinco. Pero eso no es frecuente”.

Monique Bakkah, una niña de nueve meses de edad, nació ciega debido a cataratas. Será operada más tarde en la semana y podrá ver por primera vez. Va a tener que aprender a ver porque a esa edad debería tener una visión completa.

“Tendrá que usas lentes y ser operada de nuevo cuando tenga 15 o 16 años, pero va a poder ver sin ningún problema”, me dice Edgard.

La técnica que Edgard y Cristina han traído a Togo es muy avanzada. El hospital de Glei es el único que utiliza esa tecnología en el África occidental. Los oftalmólogos en Lomé usan una tecnología más antigua que requiere que los pacientes usen lentes después de ser operados.

Al día siguiente Edgard quitó las vendas de la anciana. “¿Puede ver la luz de las lamparas?” le preguntó.

“No”, le contestó, “pero puedo ver al hombre grande frente a mi. Ha de ser muy rico porque está muy gordo”. Eso hizo que todo el grupo se riera. Después empezó a bailar para todos nosotros. Estaba inmensamente feliz. Era demasiado para contenerlo.

Edgard y Cristina ven un promedio de 25 pacientes y 40 “controles” cada día. Los “controles” son personas que están bajo tratamiento o que han sido operadas en Glei. El viernes que estuve allí había más de 100 pacientes esperando ver a los doctores de Oliveira.

“Cuando fuimos a una convención en los Estados Unidos no hace mucho encontré a unos oftalmólogos amigos míos. Querían saber qué estábamos haciendo en África. «La acción para la oftalmología está en Brasil», me dijeron. «¿De verdad?» les pregunte. «Por supuesto», me contestaron. «¿Cuántas cirugías han hecho?», les pregunté. «Como nueve«, fue la respuesta. «¿Al mes?», les pregunté incrédulo. «No, no al mes. Al año». No quise decirles cuantas cirugías Cristina y yo hacemos al año. No me hubieran creído. Podríamos estar ganando mucho dinero en Brasil. Pero no hay nada como saber que uno es necesario. No hay nada como saber que Dios quiere que estemos aquí. Dios nos quiere aquí”.

La luz de Glei brilla llena de esperanza a través del ministerio de Edgard y Cristina y en los ojos de cada paciente que recibe la vista. “No sabemos cuando tiempo vamos a estar en Togo”, dice Cristina. “Tenemos que pensar en el futuro de nuestros hijos. Pero no queremos pensar en eso ahora. Hay mucho que hacer en Glei. Hay mucho que hacer en Togo”.

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Esto lo escribí hace ya más de diez años, cuando tuve el privilegio de ser testigo de los “milagros” que Edgard y Cristina hacían en Glei. Años después los vi de nuevo en Toronto durante la sesión de la Conferencia General. No he vuelto a saber de ellos pero me imagino que estarán de regreso en Brasil.

La historia de Alfredo Martínez

Su nombre era Alfredo --Alfredo Martínez, si quieres su nombre completo. Hacía mucho tiempo que se había muerto y estaba muy confundido.

Para ser francos, se había imaginado el cielo algo diferente. Había pensado que habría trompetas y coros angelicales, enormes portones de perlas, calles de oro, palacios y mansiones, vestiduras blancas y coronas, y gente que le pediría su autógrafo. Sabía que Dios tenía guardado para su pueblo cosas que iban más allá de lo que uno se puede imaginar, ¿pero esto?

"Esto," era lo que se parecía al cruce de la frontera entre Tijuana y San Isidro. Parecía una estación fronteriza de inmigración —hasta el hombre con su uniforme azul estaba allí, esperándole. Bueno, el hombre tenía unas enorme alas blancas, pero... si esto era el cielo, era suficientemente agradable, pero le faltaba algo.

"Mi nombre es Pamhairshalomoxyribonuclealleluyand... pero me puedes llamar Pancho," le dijo el ángel. "Bienvenido al reino de los cielos. Estamos felices de que estés con nosotros."

Alfredo se sintió un poco aliviado. Había, hasta entonces, tenido la terrible sospecha que estaba en el lugar equivocado... pero no, no era posible.

El ángel continuó diciendo: "Sabemos que esto es lo que anhelaste toda tu vida. vamos a ver," pausó un momento, mientras buscaba en su lista. "Ah, sí, es un privilegio. Sabemos que vas a ser muy feliz lavando platos."

La boca de Alfredo se abrió como una gruta. "¿Me quieres decir que voy a pasar la eternidad lavando platos?" preguntó indeciso.

El ángel tosió, un poco avergonzado. "Bueno, originalmente teníamos programado que fueras a pizcar espárragos y ejotes, pero hubo un... digamos, un corto atraso... Bueno, no importa. Lo importante es que estás aquí." Alfredo miró con incredulidad a su alrededor. ¿Aquí? ¿Qué o dónde era aquí? ¿Lavar platos? ¿Pizcar espárragos? ¿Dónde estaba su túnica blanca, su corona, su arpa? ¿Dónde estaba su túnica? Aquí estaba, parado frente a las puertas del cielo (o al menos pensó que eran las puertas del cielo), vestido con un overall, zapatos de construcción y una camiseta que decía: "Fernando, el Toro." ¿Qué clase de lugar era este? ¿Qué clase de resurrección era esta? ¿Quién era el gracioso detrás de todo esto?

El ángel continuó leyendo de su lista. "Sí, aquí está, después que hayas lavado platos por unos cuantos milenios, te toca ir a plantar árboles. Tienes también que ir a algunos planetas a hacer unos cuantos pozos. ¡Eres un hombre muy bienaventurado!"

"¿Bienaventurado? ¿Llamas a esto bienaventurado?" contestó Alfredo. "Estoy condenado a una vida eterna de trabajos forzados, ¿y tu me llamas bienaventurado?"

"Por supuesto," replicó el ángel. "Todos esos sermones acerca de servir a los demás y de ser esclavos de Cristo y que los primeros serán postreros..."

Alfredo interrumpió al ángel: "Después de todo lo que pasé-¡y ahora esto! Trabajé como un burro, pagué diezmo, di estudios bíblicos, asistí al culto de oración (asistí al culto de oración, ¿me oyes?), ¿y qué es lo que gano? 'Guarda tus tesoros en el cielo,' me decían. 'Hay una tierra mejor que nos espera,' me decían. ¿Y qué es lo que obtengo? Trabajos forzados, eso es lo que obtengo. ¡Yo creía que iba a reinar!"

"Pero... vas a poder estar con Jesús," tartamudeó el ángel.

"Eso es lo que yo quería," sollozó Alfredo. "Túnicas y coronas y un mar de cristal --no lavar platos..."

"Pero eso es lo que El está haciendo," clamó el ángel. "'En los asuntos de mi Padre me conviene estar,' dijo él. 'El que quiera ser el más grande de todos debe ser el siervo de todos.' 'Los primeros serán...'"

"¡Pero yo nunca creí que había que tomarlo literalmente!" sollozó Alfredo de nuevo. Después, sacudiendo su cabeza, dijo: "¡El Maestro del Universo lavando platos, pizcando espárragos, plantando árboles y cabando pozos!"

"Cabar zanjas --¿olvidé mencionar cabar zanjas?" dijo el ángel. "Bueno, no importa --lo mismo da. Oye, por supuesto que es trabajo duro. Trabajaste duro por El en la tierra; ahora trabajas duro con El."

"¡Pero las túnicas, las coronas, las calles de oro!" clamó Alfredo. "¿Dónde están?"

El ángel miró a Alfredo fijamente por un largo, largo rato. "Vas a poder estar con Jesús," dijo finalmente. "Vas a pasar la eternidad con Jesús. ¿No es eso lo que realmente querías?"

The task I've been given . . .

sábado, 23 de mayo de 2009