domingo, 24 de febrero de 2008

Entre los kurdos

El zumbido de las aspas y el rechinar de las turbinas del helicóptero se hacia más intenso conforme, perceptible solamente a la vista, nos elevábamos lentamente sobre la base militar de Batman. Para mi era muy emocionante. No solamente estaba en un helicóptero, sino que era un helicóptero militar. Y no solamente era un helicóptero militar, era un helicóptero de la fuerza aérea alemana. En el estrecho compartimento estábamos Shirley Panasuk y yo, sentados en unas cajas de cerveza. A nuestros lados iban dos soldados alemanes. Al alcance de mis brazos estaban los controles de la nave, con todo tipo de indicadores, medidores, agujas y botones.

El helicóptero tomó altura y se dirigió hacia las montañas, volando por encima de Batman. Con la cámara de video filmé lo que aparecía ante mis ojos. Delante de nosotros iban dos helicópteros más grande, llevando cerveza y medicina. En ese orden. Las tripulaciones alemanas estaban más interesadas en cargar cajas de cerveza a los helicópteros que medicina o agua.

La Guerra del Golfo, había terminado hacia unos cuantos días. Los kurdos en Iraq, ante la novedad de la tremenda derrota de Hussein ante las fuerzas aliadas, decidieron rebelarse y fueron derrotados terriblemente. Hussein, buscando donde dar vuelo a su ira, los atacó ferozmente y como resultado, miles de kurdos encontraron la muerte frente a la metralla iraquí. Hombre, mujeres y niños kurdos huyeron hacia Irán y Turquía.

Los oficiales de las Naciones Unidas estimaron a un tiempo que más de 2 millones de kurdos habían abandonado sus hogares en Iraq. Los diarios, la televisión y las revistas semanales nos presentaron escenas de su terrible situación: viviendo casi al aire libre en temperaturas bajo cero, se estimaba que 1,000 fallecían de enfermedad cada día. En abril de 1991, ADRA inició esfuerzos de ayuda a la precaria situación. El primer envío de ayuda fue de ADRA Australia, que envió ropa de invierno y frazadas el 11 de abril. ADRA envió inmediatamente después dos toneladas y media de medicina de sus almacenes en Maryland.

ADRA envió un equipo de asesoramiento a Turquía y como resultado de esto en unos días tuvimos un acuerdo con el Ministro de Salud de Turquía, Halil Sivdim. De esta forma, ADRA Internacional era la única agencia con un acuerdo firmado para ayuda a los kurdos en Turquía a demás de la Cruz Roja Internacional. ADRA trabajó en Turquía en afiliación con Arbeiter-Samariter-Bund (ASB), una agencia alemana. Erick Lischeck, director de ADRA Alemania hizo arreglos para que ADRA recibiera ayuda del gobierno y el ejercito alemán en esta campaña de emergencia. Los planes de ADRA eran proveer agua limpia a los refugiados, establecer un programa medico y proveer comida y ropa de invierno.

Ese miércoles iba a ser como cualquier otro. A medio día el presidente de ADRA, Ralph Watts, fue a mi oficina y me preguntó si mi pasaporte estaba en regla y si estaba listo para ir a Turquía. Pensando que me hablaba en broma le dije que yo siempre estaba listo. “Excelente”, me dijo, “tu avión parte a las seis para Turquía”. Así fue como, doce horas más tarde, estaba en Ankara, en el hotel Dedeman, haciendo planes para partir hacia Batman y hacia el campo de refugiados kurdos. Esa noche, jueves, cenamos en el restaurante del hotel Ralph Watts, Haroldo Seidl, director para ayuda en casos de desastres, Erick Lischeck, director de ADRA Alemania, Jim Neergaard, director de ADRA para el Medio Oriente y yo. Allí nos enteramos del acuerdo firmado entre ADRA y el gobierno turco para trabajar con los refugiados kurdos, de los planes de trabajo: proveer asistencia medica, medicinas, comida y agua, y de las condiciones del campamento.

A las cuatro de la mañana estábamos listos para abordar el avión militar alemán que nos llevaría a Batman. Shirley Panasuk, una enfermera adventista esposa de un diplomático norteamericano en Turquía se unió a Ralph, Jim y yo para ese viaje. Haroldo y Lischeck partirían más tarde en otro vuelo a Irán. El avión partió sin mucha ceremonia. En la cabina, sin muchas comodidades, iba un Jeep, medicinas, comida y cerveza. Después de unos minutos el frío era casi insoportable. Pasé la mayor parte de ese tiempo leyendo el libro “The Right Stuff” de Tom Wolf. Ya lo había leído antes pero me pareció apropiado justo antes de salir de casa. Por otra parte, leer acerca de cohetes espaciales y vuelos a la luna hacían más llevadero el tiempo y me sacaban de la realidad fría en que me encontraba.

Aterrizamos en Batman como a las ocho de la mañana. Se sentía todavía el invierno en el ambiente. No muy lejos, las montañas estaban cubiertas de nieve. Por todos había camiones militares. Los aviones aterrizaban y despegaban cada veinte minutos. Arriba circulaban algunos helicópteros, otros se veían dirigiéndose a las montañas y otros regresaban de las planicies que llevaban a Ankara. Algunos soldados estaban haciendo cola para desayunar y otros estaban arreglando motores de helicópteros. La base en Batman estaba siendo operada por los alemanes. Habían traído todo tipo de equipo de comunicación. Al lado de dos hangares estaban tres enormes depósitos metálicos con agua mineral, leche y cerveza. Cualquiera podía ir y tomar lo que quisiese. La gente de ASB nos estaban esperando y después de unas presentaciones breves nos pusieron al tanto de lo que estaba sucediendo tanto en Batman como en el campamento de refugiados. Nos presentaron a las autoridades militares y nos invitaron a que tomásemos lo que deseáramos para comer. En una carpa había una cocina militar. Preparaban lo que uno quisiera y había paquetes de galletas dulces y tasas con leche y chocolate.

Pasamos el resto del día visitando a diferentes organizaciones como ADRA trabajando con los refugiados y asistimos a una reunión de informe presentada por la Cruz Roja. Allí fueron presentados nuestros nombres y nos pusieron en una lista para ser transportados al campamento el día siguiente. Nuestra tarea ahora era encontrar alojamiento para el personal de ADRA y voluntarios de Florida Hospital que llegarían en unos días. En Batman nos encontramos que todos los hoteles estaban ocupados a su totalidad por los militares, los periodistas y por los trabajadores de diferentes agencias como la nuestra. Turk Oster, un turco que estudio en Alemania, donde se hizo adventista y acudió al seminario, nos sirvió como interprete durante todo ese tiempo. Por fin encontramos un hotel que estuvo dispuesto a transformar su sótano en un dormitorio. Lo limpiaron y colocaron siete camas con una pared formada por una cortina.

En ese hotel se estaban quedando muchos pilotos y trabajadores de agencias de ayuda así que hablamos con muchos de ellos para que compartieran sus experiencias con nosotros. Algunos trabajaban en el mismo campamento que nosotros, otros trabajaban en Irán. La mayoría de ellos eran alemanes. Además de nuestro grupo, los únicos americanos eran soldados de especial forces.

La mañana siguiente nos dirigimos a la base militar a tomar un helicóptero que nos llevaría al campamento. Nos reportamos con la cabina de control y nos informaron que partiríamos en diferentes vuelos. Ralph y Jim irían hacia los campamentos 3 y 4. Shirley y yo partiríamos hacia el campamento 1, donde estábamos trabajando. Ralph y Jim más tarde se reunirían con nosotros.

Ese sábado, 27 de abril, llegamos al campamento como a las 10 de la mañana. El vuelo al campo 1 en Isikveren, entre las ciudades de Sirnak y Uluderi, tomó aproximadamente 40 minutos. Los soldados alemanes se aseguraron que suficiente cerveza estaba disponible para ser transportada y después decidieron que había lugar para nosotros. El viaje fue interesante, volamos siguiendo el río Tigris hasta que llegamos a una región donde se acañoneaba y de allí tomamos rumbo a las montañas. Subimos a aproximadamente 6,000 pies de altura.

Desde el aire el campamento se veía como un “camporee”. Había todo tipo de carpas en la ladera de una montaña entre trozos de nieve aun visibles.

El campamento estaba justo en la frontera entre Turquía e Iraq. El campamento a un tiempo tuvo hasta 150,000 personas, cuando estuve allí se calculaba que había 80,000 refugiados.

La “clínica” de ADRA consistía en tres carpas. Una de las carpas era el “hospital”, otra tenia camas para dormir y comida, y la tercera era la bodega y baño. Un equipo medico alemán, consistente de dos doctores y tres enfermeras, habían estado atendiendo a los pacientes por tres días cuando nosotros llegamos. Los alemanes marcaron con pintura el nombre de MASH al “hospital”, por el programa de televisión. La mayoría de los pacientes eran niños. Cuando les pregunté me dijeron que veían aproximadamente 200 niños diariamente y que tienen todo tipo de enfermedades pero la más predominante es la diarrea.
La sección del campamento donde trabajábamos consistía de aproximadamente 200 familias. El campo consistía de aproximadamente 20 diferentes tribus. Osmat Shamdin, uno de los patriarcas de la tribu, tomó bajo su responsabilidad darnos de comer todos los días. Su carpa estaba a unos cien pasos de nuestro “hospital”. Shamdin tenia 12 hijos y su carpa, aunque de mejor calidad que las demás, tenia solamente lugar para que seis personas durmieran cómodamente. Nos daba de comer nun (pan kurdo), arroz, aceitunas negras y pasta con vegetales y salsa de tomate. Su hijo, Abdulkarim Osmat Shamdin, un estudiante universitario, traducía para los doctores y las enfermeras. Conversando más tarde con él me dijo que eran miembros del clan Al-Sulivani. El nombre del lugar donde estaban, me dijo, se llamaba Gali Ye Goya (Valle Goyan). Quizá porque no tenían otra cosa que hacer, o porque eran extremadamente corteses, se tomaban todo el tiempo que quisiéramos para contestar nuestras preguntas e informarnos acerca de sus vidas, su cultura, su pasado, lo que estaba sucediendo en Iraq, o lo que fuera.

Desde que aterrizamos en el campamento conocí a Emilio Jaso, de Texas, miembro del equipo de especial forces en el campamento. Emilio es un especialista en comunicaciones y un especialista en tecnología medica (EMT). Cuando no estaba trabajando dirigiendo el trafico de los helicópteros, Emilio se encargaba de la limpieza del campamento. Tomaba una buena cantidad de galletitas y reclutaba a todos los niños que pudiera para recoger basura en bolsas de plástico. Les daba una galletita por cada bolsa que le dieran llena. Emilio les enseñaba canciones y les ponía nombres en ingles: Henry, Jack, Paul, José, Chuy. Los niños venían y me saludaban de lo más contentos: “Hello? How are you?” Cuando yo les contestaba en español, no tenían la menor idea si se trataba de otro idioma o era la misma lengua extraña.

Hacía un calor espantoso por el día y un frío pavoroso por la noche. Había llevado una chamarra de cuero y la tuve que poner a un lado porque me sentía como en un baño turco. Era increíble ver la nieve a unos cuantos metros de distancia y sentir tanto calor. En la carpa donde trabajaban los doctores la temperatura era de más de 100 grados. Los doctores y las enfermeras alemanas tomaban agua constantemente mientras trabajaban y cerveza, cuando estaban descansando. Por la noche, el “hospital” se convertía en nuestro dormitorio. En las mismas literas donde la gente era atendida y recibía sueros e inyecciones, tratábamos de dormir. Los alemanes tenían “sleeping bags” suficientes para un regimiento. Fue una bendición que tuvieron tantas bolsas de dormir, era necesario usar dos bolsas, una dentro de la otra, para soportar el frío.

La primera noche, como a las once de la noche, escuchamos a alguien quejarse fuera de la carpa. Cuando fuimos a ver quien era, nos encontramos con una mujer a punto de dar a luz. La mujer era tan tímida que no quería entrar al “hospital” mientras otras personas, además de su madre, estuvieran presentes. Abdulkarim, nuestro traductor, pasó un buen tiempo para convencerla que era necesario que los doctores y las enfermeras la atendieran. Así que dejamos nuestro dormitorio y dormimos en la carpa usada como almacén.

Durante el día, frente a la puerta del “hospital” hacían cola de 25 a 30 mujeres con sus niños, la mayoría de ellos infantes y todos parecían tener algún problema. En algunos casos se veía a un padre con su hijo, o hija, pero eso era muy raro. Lo que me pareció interesante es que todos parecen muy resignados a lo que les está sucediendo. La mayoría de los hombres parecían sentirse muy cómodos sin hacer nada, recibiendo la comida que las diferentes organizaciones les traían y dejando que las mujeres hicieran todo el trabajo. La mayoría de los hombres estaban muy bien vestidos. No solamente eso, todos se veían muy limpios. No tenia la menor idea de donde podía ir a bañarse, pero todos se veían bien. Las mujeres tenían una expresión de preocupación en el rostro, pero no de ansiedad. Sobre todo las madres que estaban haciendo cola para ver un doctor, mostraban preocupación, pero no ansiedad ni desesperación. Todos tomaban la situación como si fuera de lo más normal. Pareciera como si todos estuvieran dispuestos a pasar el resto de su vida en ese lugar, o en otro como ese. Algunas personas parecían haber estado bien colocados antes de que la guerra los llevase a las montañas. Algunos se vestían con ropas que les fueron donadas por organizaciones como ADRA, pero había algunos cuyas ropas indicaban que pertenecían a la sociedad pudiente y siempre estaban muy bien vestidos. Hasta sus carpas eran de buena calidad, pareciera que las acababan de comprar en Sears o en REI.

Por otras partes se veían a mujeres y a niños haciendo fila por horas, bajo un sol que quemaba, con botellas y utensilios para recibir agua. El agua era llevada por helicóptero y camiones desde manantial que fue descubierto a algunas millas del campamento.

A las 11 de la mañana caminaba entre las “carpas” rodeado de dieciséis niños entre 8 y diez años de edad que miraban con asombro e interés a ese tipo que les hablaba la mitad del tiempo en ingles y la otra mitad del tiempo en español. Traté de saber cuales eran sus nombres pero no me entendían y tan solo se reían. Uno de los niños no tenia los dientes del frente y le pregunté, señalando los míos, que le había pasado a sus dientes. Todos entendieron qué era lo que preguntaba y se reían de buen gusto.

Los refugiados vivían en tiendas hechas de todo tipo de cosas, desde lona de campaña hasta piezas de metal. La mayoría eran simplemente palos arreglados como un teepee. Había muchas mujeres, muchos niños, sobre todo niñas.

Por todas partes se podían ver mujeres cocinando al aire libre. Horneaban pan, que es igual que las tortillas de harina mejicanas en sabor y textura. Le llaman nun. Caminé entre las gentes y me detuve a tomar fotos a una mujer que estaba horneando ese pan y me dieron como 20 “tortillas”. Comí algunas con gusto y las demás las di a otra gente que encontré más adelante. Un anciano vino y me habló por aproximadamente cinco minutos. No entendí nada de lo que dijo pero sonaba como si estuviera recitando un salmo o un poema.

Se podían ver restos de lo que algún día fue un chivo o una oveja, mayormente chivos. Las botellas de plástico usadas para agua mineral estaban regadas por todos lados. Lo que sobraba de MREs (Meals Ready to Eat) estaba regado en algunas secciones. Los kurdos tomaron las galletitas y los chocolates y tiraron lo demás. No entendían lo que eran macaroni and cheese y nunca habían comido franks and beans. En algunos lugares la apeste a desechos humanos era insoportable, porque parece que los niños atendían a sus necesidades físicas donde mejor les parecía. De tanto en tanto me encontraba con letrinas que eran poco más que un hueco en la tierra y me imaginé que ahí es donde iban los adultos.

Después de algunos minutos tenía aproximadamente a 25 niños alrededor mío. Lo más seguro es que me seguían entusiasmados porque nunca habían visto a un mejicano antes y lo más probable es que no vuelvan a ver a otro. Como resultado de la ropa que habíamos distribuido, había niños con camisetas que decían LA 84 o Hugo Boss.

A pesar de las condiciones, algunas personas llevaban a cabo sus actividades comunes. En algunos lugares se podían ver personas vendiendo cigarrillos, encendedores, agua embotellada y otras cosas. Un pequeño torrente de agua corre al lado de nuestro campamento y vi a gente lavando ropa y tomando agua del mismo. Algunos usaban las botellas vacías para traer agua de ese arrolluelo. Esa agua la usaban para beber y para cocinar.

Después de haber pasado más de 24 horas en el sector de nuestro “hospital”, decidí ir al otro lado del campamento, donde está la zona de aterrizaje de helicópteros. Esto significaba seguir el “camino” entre carpas de refugiados. Aproveché para tomar fotos y saludar a la gente. Una familia de refugiados me saludaron con mucho gusto y me invitaron, a señas, a estar con ellos un rato. Traté de darles a entender mi nombre e indagar sus nombres, pero sin ningún éxito. Después de unos quince minutos, me trajeron algo que parecía puré de papas, una sopa que tenia arroz y lentejas, tortillas de harina y te. Las madres salieron con sus hijos a contemplarme. Las niñas son de lo más graciosas y hermosas que alguien pueda ver. Tomé fotos de todos ellos y me invitaron a tomar te con la comida. Estuve de verdad agradecido y conmovido por su interés en brindarme de lo poco que tenias pero salí de su pequeño mundo con la certeza que iba a desarrollar la peor diarrea que mis entrañas hayan alguna vez experimentado.

Durante todo ese tiempo, me di cuenta que las mujeres son muy vergonzosa y los hombres muy amistosos. Evidentemente para los kurdos el tener familia es un pasatiempo favorito, Emilio me contó de un hombre que tenia cuatro esposas y 50 hijos. También me di cuenta que los hombres se casan mayores con muchachas jóvenes. Abdulkarim, nuestro traductor, aunque tenia 25 anos de edad, no estaba interesado en lo más mínimo en tener novia siquiera. Por otra parte, me di cuenta que las mujeres se casan muy jóvenes. No era raro ver a jovencitas de 18 años con dos niños en los brazos. ¡Y no eran sus hermanitos!
Continué en mi camino hasta que llegué a la zona de aterrizaje. Los Maltesers, otra agencia de socorro, había construido letrinas de madera, así que el hedor humano era más soportable. A la distancia vi a los helicópteros que llegaban y partían pero con menos frecuencia que antes. La zona de aterrizaje estaba controlada por los soldados americanos y rodeada por una cerca de púas. Los kurdos no podía entrar dentro de ese cuadro —del tamaño de una cancha de fútbol—, pero había una gran cantidad de hombres haciendo fila para entrar. Cuando uno de los helicópteros más grandes aterrizaba, dejaban entrar a 30 ó 40 kurdos, abordaban el helicóptero y se marchaban. Emilio me contó después que los estaban transportando a Zakoo, en Iraq, donde se estaba construyendo un campamento para que los refugiados pudiesen retornar a su país.

Los soldados no titubearon para dejarme entrar al perímetro de seguridad. Uno de ellos casi inmediatamente me brindó una botella de agua mineral, lo cual le agradecí de corazón. La actividad de los helicópteros cesó por completo. Le pregunté a uno de los soldados en la zona de control qué estaba pasando. Me contestó que uno de los “gruesos” estaba por llegar al campamento. A los pocos minutos aterrizaron dos helicópteros con las ametralladoras plenamente visibles —hasta ahora no habíamos visto un solo soldado armado en el campamento— y sus operadores con las manos en los gatillos. Otro helicóptero, más grande, con personas vestidas de traje y corbata aterrizó en medio del campo. Uno de los senadores norteamericanos estaba visitando todos los campamentos ese día. Me saludó y me dijo quien era, pero el ruido de las turbinas era tan fuerte que no entendí que me dijo.

El especialista en comunicaciones me dijo que los doctores de ADRA venían en el siguiente vuelo. Y así mismo fue. En ese y otros vuelos llegaron Kurt Olson, MD, Rondi Olson, RN, James Hurn, MD, Kathy Hinson, RN, Jim Hinson, PT, y Rhonda Robinson, MD. Todos ellos de Florida Hospital.

Regresé con ellos a nuestro “hospital” y los inicié en las artes de “hablar” con los kurdos: usar un interprete o hacer señales con las manos y gritarles lo que queremos que entiendan. Ya habían tenido practica en esto en Estambul y Ankara así que no tuvieron ningún problema. Empezaron a atender pacientes inmediatamente. A media tarde nos reunimos en la carpa de nuestro anfitrión a comer. Algunos de ellos eran vegetarianos así que se limitaron a comer nun y arroz. Todo el tiempo que estuve entre los kurdos no paré dos veces a preguntar que me estaban dando. Lo bueno que, como son musulmanes, no comen puerco. Lo que toman mucho es un té terriblemente concentrado e increíblemente dulce. Casi cada grupo familiar al que llegaba, me ofrecía nun y té. Después de unas cuantas experiencias, opté por llevar conmigo un tarrito de té para que no me siguieran ofreciendo más.

Después de dos días entre los kurdos en las montañas era tiempo para mi de regresar a Batman. Las autoridades turcas me habían indicado muy seriamente que no podía permanecer más de siete días en su país y no me quedaba mucho tiempo. También me enteré, gracias de nuevo a Emilio, que los vuelos estaban terminando del campamento a Batman. Estaban cerrando las operaciones y ahora estarían volando a otra base en Turquía y en Iraq mismo. Así que me dirigí, con mi cámara y mi back-pack, a tomar un helicóptero de regreso a la base militar. Esta vez me transportó un helicóptero de equipo y material.

Aproximadamente 20 personas, la mayoría reporteros, tomamos el vuelo de retorno.

Una vez en Batman, me dirigí a la carpa de control para saber qué había pasado con la gente de ADRA. Watts había regresado a Estados Unidos, Seidl estaba en Iraq y Neergaard estaba en otro campo de refugiados. Pasé esa noche en Batman. Temprano por la mañana regresé a la base militar listo para partir a Ankara. Entre los que regresaban de los campamentos de refugiados estaba la doctora Rhonda Robinson, quien me dijo que desde que salió de Florida Hospital estaba muy emocionada por poder ir a trabajar con los refugiados. Ofreció su tiempo como voluntaria y estaba agradecida de la oportunidad que se le daba de ayudar a otra gente. También estaba muy agradecida porque otros doctores estuvieron dispuestos a tomar su lugar en el hospital mientras ella partía a Turquía.

Me dijo que el campamento no era como lo que se había imaginado. Se había imaginado un lugar lleno de fango y muy frío. Para su sorpresa se encontró que en la tienda de campaña la temperatura llegaba hasta 100 grados. Lo que mas le impresionó es lo bien que se portaban los refugiados a pesar de la temperatura, el clima y las circunstancias. Siempre la hicieron sentirse bien y le expresaban su gratitud. Los kurdos expresaban gratitud a todos menos los iraquíes o los egipcios.

El mayor problema en el campamento eran las enfermedades entre los niños, particularmente diarrea, deshidratación y vomito. Después de pasar dos días y una noche en el campamento, le pregunté que era lo que más quería hacer cuando llegase a Batman y me dijo: “Darme un baño”. Cuando le pregunté si estaría dispuesta a hacer esto de nuevo me respondió: “Lo haría sin pensarlo dos veces. No querría perder esta oportunidad por nada en el mundo. Esto me ha dado una satisfacción como ninguna otra cosa que he hecho antes. He estado ayudando a la gente sin esperar ninguna compensación, eso me hace sentir como nunca había sentido”.

En un vuelo militar alemán, regresé a Ankara. Contaba con poco menos de 24 horas para ir a la aerolínea a confirmar mi vuelo y salir de Turquía. No tuve ningún problema en hacer ninguna de esas dos cosas.

Dos años más tarde, en enero de 1993, me encontraba de nuevo en un helicóptero militar. Esta vez era un helicóptero italiano. En ese vuelo íbamos Ralph Watts, Kadhija Odoble, y la esposa del presidente de Somalia, rumbo a Adale, una aldea a la orilla del Oceano Indico, a 125 kilometros de Mogadishu. Pero ese es material para otra ocasión.

No hay comentarios.: